lunes, 16 de noviembre de 2015

Orgullo

Muchas veces me he referido a la equivocación habitual que muchos tienen, en mi opinión, con respecto al uso de las palabras “maestro” o “amar”, que se utilizan con más frecuencia de lo habitual. Es el caso, también, de la palabra “orgullo”.
A veces, cuando uno, o una, usa la palabra orgullo para la circunstancia, o condición, de ser mujer, español, homosexual, hijo de sus padres o nacido en el siglo XX, me parece que no se da cuenta de que para esa opción no tuvo elección y que es sobrevenida a su propia esencia. Otra cosa es sentir orgullo de cómo te educaron tus padres, o como vives sin complejos ni menoscabos tu condición de mujer, de homosexual o de vivir en la era contemporánea. En el caso de Europa, mi orgullo europeo no se debe a la circunstancia de haber nacido en el continente, y mucho menos a los políticos que nos representan –que , en mi opinión, están a otras cosas que a hacernos llegar al estado de opinión, libertades o nivel de vida al que hemos llegado- sino a la historia y al camino que nos ha traido hasta aquí. Personalmente, mi orgullo no es nacionalista ni religioso ni de mis representantes.
El concepto de indignación que llevó hace algunos meses a la calle –nos llevó, confieso- a la gente para exigir mantener el status quo que, por ejemplo, llevó a Francia en 1789 a una democracia representativa, laica y garante de las libertades, a tener una educación pública general, libre de fanatismos y adoctrinamientos y abierta a todos o a una vivencia participativa de la ciudadanía se ha ido apaciguando y ahora asistimos como meros espectadores a la repartición del mundo al antojo de unos grupos de presión que muchas veces entendemos, consternados, abatidos y sumisos, que nos sobrepasa. Lejos de enorgullecerme de ser europeo por ello, a veces me da la impresión de que nos hemos quedado dormidos sobre un colchón de laureles o en una autocomplacencia que no mira atrás.
Yo no me siento orgulloso de mis padres por ser su hijo, sino por los esfuerzos que como padres han hecho -emigrando, trabajando, quitándose de cosas para dármelas a mí y a mis hermanos- para hacerme llegar a pensar como pienso, estar donde estoy y ser como soy.
Nacer en Europa es una circunstancia. Ponerse la bandera francesa en la cara no es más que una pose. Para estar orgulloso de ser europeo, hay que contemplar la historia. Europa ha invadido, esquilmado y colonizado sin mirar a los demás en muchas ocasiones –y eso, en realidad, no es motivo de orgullo- pero, por el contrario, ha logrado a través de sus habitantes, sus pueblos, sus evoluciones y revoluciones y sus sufrimientos, un nivel de participación y democracia que, sin ser el régimen ideal, nos permite entre otras cosas opinar sin mordazas, sin velos, sin gurús y sin represión. Una mujer no debe estar orgullosa de ser mujer, pero debe sentir orgullo de las antepasadas sufragistas, igualitarias o que quemaron los sujetadores y corsés para estar donde están hoy, y no de las tronistas de los programas de televisión. Un homosexual no debe estar orgulloso de serlo, lo es, pero debe sentir orgullo de quienes lucharon desde Stonewall a los que consiguieron la igualdad en el derecho del respeto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Un europeo no puede ni debe sentirse orgulloso de serlo. Nacimos aquí y eso, seguramente, es pura cuestión aleatoria, de circunstancia o de suerte, pero sí que debemos defender, no sólo en las redes, sino con nuestro voto y nuestra participación activa, haciéndonos visibles en la calle, de que hemos llegado a donde estamos a costa de historia, revolución, sufrimiento y defensa de unas libertades a las que no queremos renunciar, ya sean terroristas, lobbies o grupos de presión los que pretendan restringírnoslas.
Aún nos queda mucho camino. No nos durmamos ni nos sintamos orgullosos sin defender lo que nos gusta ser.

martes, 5 de mayo de 2015

Man in the moon

Ha muerto Jesús Hermida.
Aunque pueda parecer que soy anárquico, verso suelto o poco afín a la jerarquía, no es del todo cierto. Nos ocurre a quienes somos un poco soberbios que no toleramos ser mandados por gente a la que consideramos caradura, inepta o mala gente. En 1989, justo cuando se cumplían los 20 años de la llegada del hombre a la luna, trabajábamos en Torrespaña un equipo de unas 60 personas entre departamento de producción, documentalistas, redactores, cámaras, secretarias, técnicos, forillos, encargados de público y gente de imagen en emitir el primer programa en directo que se hizo para la televisión matinal española.

Comandados por Jesús Hermida, aquel pequeño ejército que teníamos  que sacar adelante cada dia de entre semana un programa en directo de cuatro horas con entrevistas, actuaciones, pequeñas obras de teatro, pases de moda, informativos, culebrones y lo que llamábamos “happenings”,echábamos horas y sudor  para que el programa saliera del tirón, sin fallos, haciendo que resultara tan natural asomarse a la ventana de la tele por la mañana y ver con la misma naturalidad y frescura a Quilapayún que una entrevista con Cela que una historia de la capa que un capítulo de Melrose Place o cualquiera que fuera el culebrón matinal que incluíamos en el programa.

A lo que iba: a medida que se aproximaba el 20 de julio, Hermida quería que los de producción y redacción localizáramos en Prado la peli de la llegada de Armstrong a la luna con el audio de su voz retransmitiéndolo desde Nueva York para TVE en 1969. Creo que ahora puedo decir ya que la documentación entonces no estaba tan estructurada como ahora: la retransmisión tenía que estar en formato cine, no video, y había habido una inundación reciente en los sótanos de Prado del Rey, por lo que una parte de los fondos se había movido y no era fácil localizarla. Cuando las cosas no salían como quería el jefe -Jesús era un perfeccionista total  y no sólo era un absoluto conocedor del medio, sino que tenía la extraña capacidad de prever cómo iba a ser el producto televisivo antes de emitirlo, porque exigía una preparación exhaustiva- se cogía esos cabreos del quince de los que hablan los que, sin haber trabajado con él, dicen que era un sátrapa.

Jesús se enfadaba a menudo, sí, si las cosas no salían perfectas. La cinta,finalmente, a costa de remover Roma con Santiago, de carreras, disgustos e incluso lágrimas, llegó a tiempo para ser emitida en el aniversario exacto. Pero yo nunca he tenido queja de jefes como Jesús, y eso que era duro. He sido delegado sindical y en ese ejercicio he conocido algunos jefes jetas,indolentes, acostumbrados a delegar en otros su trabajo o poco empáticos con los que he tenido fuertes broncas que,en ocasiones, me han llegado a costar hasta el puesto de trabajo. He dirigido también equipos y, de este hombre que se marchó ayer –con sus tics, sus golpes de flequillo, sus impostaciones, su extraña manera de reir, su ausencia de miedo al “más dificil todavía”- aprendí mucho: como trabajador y, más tarde, como jefe de equipos. Hace poco hablaba en redes con un ex director de la radio -a quien he recuperado como amigo  20 años después- que reconoces a un buen jefe precisamente en eso: cuando años después, en un momento en que ya no hay relación jerárquica, le sigues apreciando y te apetece quedar a tomar algo con él.

Con Hermida ya no será posible. Vaya mi homenaje a una persona que me enseñó a ser humilde como currante, prolijo en el trabajo, que valoró lo que hacía –aunque no nos alabara en público, y eso a veces se echaba de menos-, que fue una fuente de profesionalidad periodística de la que aprendí mucho y con la que, muchos años después sí me habría tomado algo.

Tenga muy buen viaje, jefe.

lunes, 6 de abril de 2015

Asaf y la virtualidad

Fue llegar a la edad de cincuenta años y al ecuador de la legislatura del infausto Rajoy  y me desinflé por completo con el blog. Después de más de 360 artículos subidos, observé que seguir escribiendo de la actualidad no es que no me llenara interiormente de paz o de coherencia  sino que –sí- me llenaba de una mala leche que ya no era buena. Es cierto que a través del blog recuperé amigos, hice algunos nuevos, me dí a la sana costumbre de volver a juntar letras y, primero escribiendo de lo humano y lo divino y, al cabo de un tiempo, sobre cosas de actualidad –había empezado a colaborar en una página periodística-  me dí pie para elaborar cada año dos compendios de haikus y sonetos en los que pude dar rienda suelta a mi más pura creatividad inútil. O al arte.

De hecho, a final del año pasado publiqué ese libro de sonetos. Y a costa de ello empecé a conocer personalmente a algunos de los mejores amigos virtuales que había hecho, en parte con el pretexto de la escritura o de las columnas o del blog. Eso me hizo empezar a pensar en el tema de lo virtual. De un tiempo a esta parte, escribir se me había convertido en una manera de comunicar –al estilo de los antiguos penpals, pero con una extraña esperanza en la contestación inmediata de alguien no siempre conocido de forma real-  en una suerte de feedback no sé si periodístico, pero en el que siempre traté de huir del concepto narcisista de creerme que de una especie de club de fans. Escribía más bien para obtener respuesta de gente virtual que, en ocasiones, habían sido compañeros de colegio, de trabajo, amigos de los scouts, familia, gente que se dedicaba a la escritura o más en particular a la poesía, periodistas… Y, de hecho, así conocí a Clara, a Camino, a Javier, a Joaquín, a Pedro, a Ana Rosa, a mucha de la gente que escribe para el juego de las palabras prestadas e incluso me hice con una contestación más o menos regular de personas conocidas públicamente por la que sentía cierto apego, admiración o complicidad.



Durante este extraño año a mitad de una legislatura en la que se han gastado muchas palabras y se ha hecho muy poco y en la que, en lo personal alcancé unos cincuenta años con los que, más que deprimirme, me identificaba poco, resultó que justo poco después de presentar los sonetos y encarnar en el mundo real a través de encuentros a algunos de mis amigos virtuales, un día abrí  -tecleo mucho pero chateo poco- el chat de facebook porque alguien me había dejado un mensaje. Era de Asaf, mi mejor amigo de la infancia. Una especie de magdalena proustiana cuyo olor invadió toda mi red social y a los trescientos y pico amigos que cultivaba en ella. Asaf se marchó a Tel Aviv cuando teníamos once años, me carteé con el hasta los diecisiete o dieciocho y nunca volví a saber de él. Le había buscado en redes pero no fue hasta que él decidió entrar en la red a través del perfil de su hijo buscando también qué sé yo del pasado que volvimos a encontrarnos. Y ahí me dí cuenta de que esto de la virtualidad está muy bien pero lo que me apetecía era verle de verdad, al menos una vez. Otra vez.

Y estuvo aquí a final del año pasado. Una noche. Una noche en la que coincidimos algunos amigos del colegio –unos residentes en Madrid, otros no- de los que nos damos la coña con asiduidad por facebook, otros que no tienen red pero localizables por métodos clásicos, como el teléfono, y el propio Asaf, que hacía escala en Madrid  desde Toronto –donde vive ahora- para ir a visitar a su familia en Israel. Fue extraño y mágico. Y así me puse en la puerta de los cincuenta y uno que acabo de cumplir. Y necesitando un desbloqueo.

Sé que literariamente, en calidad, esta no es la mejor manera de volver al blog. Y menos a una columna de tipo periodístico por la que, evidentemente, a estas alturasno pretendo cobrar. Ni muy actual ni muy elaborada ni muy aguda ni, seguramente, de gran interés general. Pero aquí estamos de nuevo: real, con cincuenta y un años, deseando volver a transmitir cosas, con más sonetos en ciernes y con amigos y experiencias virtuales que sé que en el fondo, en todos los casos, alberga lo importante un poso real.

Ah. Y por cierto: Asaf se acaba de hacer un perfil facebook.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Dos grados de separación –esos amigos de mis amigos-

No.
No soy un lumbreras. Ni me creo en posesión de verdad absoluta, pero opino.

Opino mucho, porque escribo mucho. Y hablo. A veces –quien ya conozca escritos míos anteriores- sabrá que soy en ocasiones políticamente incorrecto, de expresión a veces zafia o grosera y de humor negro, cáustico y –si, me imagino- de sal gorda y cierta malaleche. Seguramente muchos medios no admitirían mis textos como columnas tal cual salen de mi cabeza.

Pero hay una frontera en la opinión, y más cuando se divulga. La teoría de Frighyes Karinthy de los seis grados de separación, o la del “mundo pequeño” de Milgram inciden en que todos los habitantes del mundo estamos interconectados con cualquier otro habitante del planeta a través de una cadena de conocidos de no más de seis eslabones. Con las redes y la sociedad de la información accedemos  cada vez más a las ideas y formas de pensar de numerosos “amigos de amigos”, un cercano segundo grado de separación que me ha hecho cuestionarme en más de una ocasión la veracidad de aquel viejo tema de Objetivo Birmania: “los amigos de mis amigos, ¿podrían ser mis amigos?”.

Naturalmente que estoy por la libertad de expresión, pero me asusta ver  aseveraciones, opiniones y pensamientos de gente que se encuentra tan sólo a esa distancia formal de mí que no sólo son divergentes, sino que me parecen peligrosamente nocivas. No es que voten también –ya he dicho que en términos de democracia, soy escrupuloso y creo que no hay forma mejor de saber qué es lo que piensan las mayorías y las minorías, con el respeto que le asiste a sus opiniones- sino que, a veces, me duele notarme tan cerca de gente que opina como opina.

No voy a entrar en la frontera ni en lo que leo u oigo por ahí porque me da la impresión de que cualquier lector sabe de qué hablo. Opiniones sobre mujeres, sobre estudiantes, sobre otras opciones y pensamientos políticos, sobre emigrantes, sobre creencias, sobre educación, sobre menores, sobre banderas y naciones, sobre la historia, sobre el recuerdo, sobre el trabajo, sobre los muertos de cada cual. Hay manifestaciones que no sólo son hirientes o mentiras, sino que entran en ocasiones en apologías de la discriminación, el delito o la difamación. De forma no sólo gratuita e indocumentada, sino consciente. Trato de huir en la vida real de quienes se expresan en esos términos, pero veo con horror que dichas manifestaciones se cuelan no sólo en mi muro de Facebook o en charlas de bar, sino en tertulias televisadas, titulares de prensa, discursos de tribuna del congreso, homilías, letra pequeña de contrato de banco o suministradora, estadísticas oficiales o pancartas de cabecera de manifestación.


En cualquier caso, no se trata ya sólo de intolerancia, sino de acoso -no, y no hablo de escraches, no- e intento de derribo no únicamente atacando intimidad, honor y fama, sino señalando al divergente como objetivo o culpabilizándolo de pecado, delito, marginalidad o directamente de maldad intrínseca por el hecho de ser o pensar como lo hace.

A lo que iba hoy: cuando veo que tiene este tipo de actitud rufianesca quien se encuentra a dos grados de separación escasos de mí, no sólo me pregunto si podría llegar a hablar alguna vez en buena ley con “el amigo de mi amigo” sino que me planteo si los pocos amigos –incluso esa sociedad de amigos ligeramente ampliada y voluntariamente deformada que me permiten las redes sociales- que permiten de otros esas expresiones y exabruptos maledicentes merecen ser mis amigos. Tolerarlo sin decir que te molesta esa cercanía quizá puede llegar a ser una cesión insoportable.

A lo mejor – a lo peor- es que sigo teniendo en elevada consideración la palabra “amigo”.

martes, 4 de febrero de 2014

La música de fondo

Me he ganado la vida de  muy diferentes maneras: maquetando revistas, impartiendo clases de inglés o en organismos públicos, de redactor,  haciendo encuestas, de locutor, dando recitales, vendiendo cosas, cuidando niños, haciendo cerámica, informando del tráfico, midiendo dureza de materiales, recogiendo huevos, fregando platos, montando happenings, haciendo castings, puliendo madera en una ebanistería, cantando, entrevistando, haciendo radio, tele…, pero una de las formas más extrañas y divertidas que he tenido de llevarme el sueldo a casa ha sido poniendo música a las cosas.

Yo no soy compositor: soy bastante malo para eso. Pero sé bien de los efectos de la música sobre la gente. Las grandes superficies comerciales conocen bien los efectos del cambio repentino de ritmo musical del muzak tranquilizador al tunkatunka para estimular las ventas; cuando éramos adolescentes ya sabíamos que para ligar era conveniente reducir el número de bpm en la música de los guateques para meter mano e, incluso, muchos somos conscientes de que el poder de una balada , una música clásica o étnica  puede estimular los sentidos para inducir desde la líbido hasta el llanto o la violencia. Los clubes de fútbol y las naciones conocen bien el poder de los himnos. No hace falta que el estímulo musical sea directo: basta con que sea subliminal.



En los últimos años, noto que se ha ido variando paulatinamente el estilo de la música general de fondo para hacernos sentir culpables o tener miedo. Variar, primero levemente y luego de forma más ostensible o grosera los ritmos con que nos arrullan en los trabajos, en la política o en la estrategia sociocultural nos está llevando a vivir con algo más de zozobra.  Haber trabajado de ambientador musical –es un oficio remunerado, con categoría laboral, legal- me hace detectar con facilidad los ritmos con los que me quieren hacer bailar, esa música de fondo que, a veces, se cuela imperceptiblemente sin que lo notemos, hasta el fondo del tuétano con capacidad desde de ponerte los pelos de punta a emocionarte hasta la solidaridad, la compasión, el enfado o la prisa.

En estos tiempos en que tanto se especula con lo que contienen los sacos amnióticos confieso que, como melómano, durante el embarazo de mi hija, la barriga escuchó muchísima música clásica y que estimábamos de cierta calidad para inducir –supongo que, casi de forma idólatramente simplona- que la futura niña naciera ya con cierta sensibilidad ambiental.  No sé si, al final, por genética o cultura, mi hija entona bien y no sólo adora la música de todo tipo sino que se eriza con facilidad ante ciertos impulsos sonoros. Y quizá es una tontería, pero me parece que, deliberadamente, desde que comenzó este tiempo oscuro, nos están cambiando a todos la música de fondo. Supongo que para conformarnos.

Por lo menos, yo sí lo noto. La verdad es que este dj no me gusta nada.

jueves, 30 de enero de 2014

De parte de C., de M., de E., de G. y de L., a quien corresponda.

Esta mañana me he levantado con ganas de escribir una carta a alguien del gobierno de parte de C., un poco mayor que yo, de 53 años, que tragó meconio al nacer y con el que he jugado de pequeño, aunque él jamás ha hablado ni caminado. Aún va en silla de ruedas, sus padres –de la edad de los míos- ya no pueden levantarle cuando tiene que dormir y tiene seguramente una de las sonrisas más hermosas que conozco; de M, de más de 40, que tiene espina bífida y acabó hace años su carrera de derecho: ésta no necesita que yo escriba por ella porque es de las que conduce su silla de ruedas motorizada personalmente. Aunque se mea encima y lleva pañales es muy de su pareja, no sé si finalmente cumplió su deseo de ser madre; también está E. , que ronda los 40, sindrome de Down, trabajadora y vitalista aunque cada vez con menos vista, a la que sus padres le han procurado una vida como a cualquier hija: permanentes, gafas preciosas, trabajo, la independencia que le permite su responsabilidad o la píldora inyectada para que pueda quedar con su novio sin grandes sustos;  o G., de 16, guapo como un modelo de revista masculina pero con un grave déficit de atención que le impide acceder a un recorrido escolar como el de mi hija, un chavalote encantador que le comentaba hace poco cuando iban  al cine sin demasiados complejos: “Bueno, la verdad es que uno se acostumbra a ir a un colegio de locos”; y luego está el pequeñajo de L., de menos de 10, un pedazo de “pieza” que no habla ni camina bien, recibe educación especial, a veces se mete en su mundo y no oye a nadie, pero maneja un móvil con unos dedos y una habilidad que ya quisiera yo.

Les conozco a ellos. Personalmente. Y conozco a sus cojonudos padres que, ricos o pobres, de izquierdas o de derechas, religiosos o ateos, nunca se plantearon la opción de abortar en ningún caso y los cuidan y los aman con toda la dedicación de la vida. Aunque entiendo que, si se la hubieran planteado, habrían estado en todo su derecho. Lo que sé es que ninguno de estos padres podría haber sacado el tiempo para ser ministro. Y yo hoy me cago en el gobierno que piensa que la ley de dependencia es hoy un lujo para sociedades opulentas cuando se pierde el dinero en los chanchullos que se pierde. O me cago en esos ministros que insinúan que abortar es un capricho de mujeres mal educadas.


De la situación inversa, de hijos que se ocupan de sus padres con Parkinson o Alzheimer o enfermedades graves, no voy a hablar en esta ocasión. Entiendo que si eres hijo y tienes que hacerte cargo de quienes te educaron y te trajeron al mundo con el gran dolor de ver que se apagan, se desconectan o se pierden, mucho más agudo debe ser el dolor de un padre que ve que su vida -en buena lógica- puede acabar antes que la de ese hijo que va a dejar a merced del futuro o, aún peor, a merced de lo que decida sobre él una administración cicatera, insensible y sólo pendiente del rendimiento y la competitividad. Horror vacui.

Conocer y tratar a estos “niños” de toda edad es sentirte privilegiado en muchos aspectos, en realidad mucho menos feliz que ellos, y con seguridad mucho más mierdecilla y menos héroe que esos padres que los sacan adelante a diario. Me gusta verlos y que no los escondan. Me causan mucha más ternura, simpatía y solidaridad que la pura caridad que se le supone a quien deja algo en el cepillo o quien antes daba para el domund. Oir al ministro de Justicia que apencaría con una responsabilidad como cuidar de uno de estos niños me hace hervir la sangre porque intuyo que él se crió con nannies y que, para hacer su brillante carrera política de alcalde, presidente de comunidad y ministro, intuyo que también ha tirado de nannies, canguros, internados o mucamas para que se hagan cargo de los suyos alguna vez. No es una cuestión de tener el dinero o los posibles, sino la dedicación, la capacidad de renuncia, el amor y las gónadas bien puestas de estos padres a los que ahora el futuro inmediato les augura que sus hijos pueden verse algo más desamparados que lo que estaban hace unos años.

De parte de estos niños, por si no te llegara su mensaje –ellos son demasiado encantadores, felices o inocentes- ya te lo digo yo: que te vayas a la mierda, ministro.

martes, 21 de enero de 2014

El conocimiento es inútil.

El conocimiento es inútil. Sea usted manso (*) que, no en vano, serlo tiene bienaventuranza divina. Limítese a creer. Sólo es cuestión de fe. De dogma, de titular de informativo comprado, de aseveración sin preguntas en pantalla de plasma, de cifra brotada sin contraste ni origen, de negación hasta la saciedad de la evidencia.

No intente razonar. Ni manifestarse para protestar. No cuestione. Lo único que interesa aprender es matemática y tecnología, pero la justa de su nivel básico. Esa otra matemática que manejan los gurús macroeconómicos escapa a sus entendederas. Así que no intente filosofar, que para cuestiones elevadas del pensamiento ya tenemos muy bien gestionada y sistematizada la religión, que viene con las instrucciones de uso masticadas sin opción a que usted interprete. Hablando de interpretar: nada de música, ni de composición, ni de lenguas clásicas ni de historia que no sea la que escribe el gobierno, ni de saber de dónde vienen los niños, cómo se planifica una familia o cómo son por dentro los animalitos que, aunque son seres vivos de dios, no tienen nada que ver con nosotros, que para eso somos los elegidos.

No hace falta leer, ni discutir, ni otra cosa que no sea votar –a ellos, naturalmente- cada cuatro años y creer las noticias que nos cuentan esos medios a los que ellos subvencionan  con el dinero de nuestros impuestos, precisamente para que nos mantengan bien informados. Cuando la terca realidad se empeña en hacernos ver que vivimos peor y que no es por culpa nuestra, en realidad -¡convénzase!- es culpa nuestra.

Preguntar es subversivo. Protestar también. Aprender es casi un crimen si desarrolla ideas que no contribuyan a la grandeza, al progreso y a la riqueza por la que nos hacen tragar, aunque sean cucharadas amargas. Ellos saben. Y saben más.  Lo que hemos de escuchar, lo que hemos de pagar, lo que hemos de saber, lo que hemos de elegir.

Hoy mandan que usted sea feliz y que sea consciente de que se recupera económicamente, aunque en todo su entorno la gente viva peor. Hoy le dicen que recordarle a quien eligió que no está haciendo lo que prometió es casi un delito de traición. Hoy le dicen que aunque ellos vivan mucho mejor, el esfuerzo ha sido de ellos. Y que no ha habido rescate. Y que sus hijos tienen el camino más abierto al futuro. Y que aunque les hayan pillado con la mano en la saca, ha prescrito o las pruebas no se han presentado en forma, y que incluso si se demostrara al final que la tenían dentro –como ha ocurrido desde el principio de los tiempos-, era indudablemente por un bien superior, que seguramente usted nunca alcanzará a entender.

A menos que un día pase usted a ser parte de ellos.

--------------------------------
(*) manso, sa.
(Del lat. vulg. mansus, por lat. mansuētus).
1. adj. De condición benigna y suave.
2. adj. Dicho de un animal: Que no es bravo.
3. adj. Dicho de una cosa insensible: Apacible, sosegada, tranquila. Aire manso. Corriente mansa.

4. m. En el ganado lanar, cabrío o vacuno, carnero, macho o buey que sirve de guía a los demás.