Fue llegar a la edad de cincuenta años y al ecuador de la
legislatura del infausto Rajoy y me
desinflé por completo con el blog. Después de más de 360 artículos subidos, observé
que seguir escribiendo de la actualidad no es que no me llenara interiormente
de paz o de coherencia sino que –sí- me
llenaba de una mala leche que ya no era buena. Es cierto que a través del blog
recuperé amigos, hice algunos nuevos, me dí a la sana costumbre de volver a
juntar letras y, primero escribiendo de lo humano y lo divino y, al cabo de un
tiempo, sobre cosas de actualidad –había empezado a colaborar en una página
periodística- me dí pie para elaborar cada
año dos compendios de haikus y
sonetos en los que pude dar rienda suelta a mi más pura creatividad inútil. O
al arte.
De hecho, a final
del año pasado publiqué ese libro de sonetos. Y a costa de ello empecé a
conocer personalmente a algunos de los mejores amigos virtuales que había hecho,
en parte con el pretexto de la escritura o de las columnas o del blog. Eso me
hizo empezar a pensar en el tema de lo virtual. De un tiempo a esta parte,
escribir se me había convertido en una manera de comunicar –al estilo de los
antiguos penpals, pero con una
extraña esperanza en la contestación inmediata de alguien no siempre conocido
de forma real- en una suerte de feedback no sé si periodístico, pero en
el que siempre traté de huir del concepto narcisista de creerme que de una
especie de club de fans. Escribía más bien para obtener respuesta de gente
virtual que, en ocasiones, habían sido compañeros de colegio, de trabajo,
amigos de los scouts, familia, gente que se dedicaba a la escritura o más en
particular a la poesía, periodistas… Y, de hecho, así conocí a Clara, a Camino,
a Javier, a Joaquín, a Pedro, a Ana Rosa, a mucha de la gente que escribe para
el juego de las palabras prestadas e incluso me hice con una contestación más o
menos regular de personas conocidas públicamente por la que sentía cierto
apego, admiración o complicidad.
Durante este
extraño año a mitad de una legislatura en la que se han gastado muchas palabras
y se ha hecho muy poco y en la que, en lo personal alcancé unos cincuenta años
con los que, más que deprimirme, me identificaba poco, resultó que justo poco
después de presentar los sonetos y encarnar en el mundo real a través de
encuentros a algunos de mis amigos virtuales, un día abrí -tecleo mucho pero chateo poco- el chat de facebook porque alguien me había dejado
un mensaje. Era de Asaf, mi mejor amigo de la infancia. Una
especie de magdalena proustiana cuyo olor invadió toda mi red social y a los
trescientos y pico amigos que cultivaba en ella. Asaf se marchó a Tel Aviv
cuando teníamos once años, me carteé con el hasta los diecisiete o dieciocho y
nunca volví a saber de él. Le había buscado en redes pero no fue hasta que él
decidió entrar en la red a través del perfil de su hijo buscando también qué sé
yo del pasado que volvimos a encontrarnos. Y ahí me dí cuenta de que esto de la
virtualidad está muy bien pero lo que me apetecía era verle de verdad, al menos
una vez. Otra vez.
Y estuvo aquí a final del año pasado. Una noche. Una noche en la que coincidimos algunos amigos del colegio –unos residentes en Madrid, otros no- de los que nos damos la coña con asiduidad por facebook, otros que no tienen red pero localizables por métodos clásicos, como el teléfono, y el propio Asaf, que hacía escala en Madrid desde Toronto –donde vive ahora- para ir a visitar a su familia en Israel. Fue extraño y mágico. Y así me puse en la puerta de los cincuenta y uno que acabo de cumplir. Y necesitando un desbloqueo.
Sé que literariamente, en calidad, esta no es la mejor manera de volver al blog. Y menos a una columna de tipo periodístico por la que, evidentemente, a estas alturasno pretendo cobrar. Ni muy actual ni muy elaborada ni muy aguda ni, seguramente, de gran interés general. Pero aquí estamos de nuevo: real, con cincuenta y un años, deseando volver a transmitir cosas, con más sonetos en ciernes y con amigos y experiencias virtuales que sé que en el fondo, en todos los casos, alberga lo importante un poso real.
Ah. Y por cierto: Asaf se acaba de hacer un perfil facebook.
Y estuvo aquí a final del año pasado. Una noche. Una noche en la que coincidimos algunos amigos del colegio –unos residentes en Madrid, otros no- de los que nos damos la coña con asiduidad por facebook, otros que no tienen red pero localizables por métodos clásicos, como el teléfono, y el propio Asaf, que hacía escala en Madrid desde Toronto –donde vive ahora- para ir a visitar a su familia en Israel. Fue extraño y mágico. Y así me puse en la puerta de los cincuenta y uno que acabo de cumplir. Y necesitando un desbloqueo.
Sé que literariamente, en calidad, esta no es la mejor manera de volver al blog. Y menos a una columna de tipo periodístico por la que, evidentemente, a estas alturasno pretendo cobrar. Ni muy actual ni muy elaborada ni muy aguda ni, seguramente, de gran interés general. Pero aquí estamos de nuevo: real, con cincuenta y un años, deseando volver a transmitir cosas, con más sonetos en ciernes y con amigos y experiencias virtuales que sé que en el fondo, en todos los casos, alberga lo importante un poso real.
Ah. Y por cierto: Asaf se acaba de hacer un perfil facebook.

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