Esta mañana me he levantado con ganas de escribir
una carta a alguien del gobierno de parte de C., un poco mayor que yo, de 53
años, que tragó meconio al nacer y con el que he jugado de pequeño, aunque él jamás
ha hablado ni caminado. Aún va en silla de ruedas, sus padres –de la edad de
los míos- ya no pueden levantarle cuando tiene que dormir y tiene seguramente
una de las sonrisas más hermosas que conozco; de M, de más de 40, que tiene espina
bífida y acabó hace años su carrera de derecho: ésta no necesita que yo escriba
por ella porque es de las que conduce su silla de ruedas motorizada
personalmente. Aunque se mea encima y lleva pañales es muy de su pareja, no sé
si finalmente cumplió su deseo de ser madre; también está E. , que ronda los
40, sindrome de Down, trabajadora y vitalista aunque cada vez con menos vista,
a la que sus padres le han procurado una vida como a cualquier hija:
permanentes, gafas preciosas, trabajo, la independencia que le permite su
responsabilidad o la píldora inyectada para que pueda quedar con su novio sin
grandes sustos; o G., de 16, guapo como
un modelo de revista masculina pero con un grave déficit de atención que le
impide acceder a un recorrido escolar como el de mi hija, un chavalote
encantador que le comentaba hace poco cuando iban al cine sin demasiados complejos: “Bueno, la verdad es que uno se acostumbra a
ir a un colegio de locos”; y luego está el pequeñajo de L., de menos de 10,
un pedazo de “pieza” que no habla ni camina bien, recibe educación especial, a
veces se mete en su mundo y no oye a nadie, pero maneja un móvil con unos dedos
y una habilidad que ya quisiera yo.
Les conozco a ellos. Personalmente. Y conozco a sus cojonudos padres que, ricos o pobres, de izquierdas o de derechas, religiosos o ateos, nunca se plantearon la opción de abortar en ningún caso y los cuidan y los aman con toda la dedicación dela vida. Aunque entiendo
que, si se la hubieran planteado, habrían estado en todo su derecho. Lo que sé
es que ninguno de estos padres podría haber sacado el tiempo para ser ministro.
Y yo hoy me cago en el gobierno que piensa que la ley de dependencia es hoy un
lujo para sociedades opulentas cuando se pierde el dinero en los chanchullos
que se pierde. O me cago en esos ministros que insinúan que abortar es un
capricho de mujeres mal educadas.
Les conozco a ellos. Personalmente. Y conozco a sus cojonudos padres que, ricos o pobres, de izquierdas o de derechas, religiosos o ateos, nunca se plantearon la opción de abortar en ningún caso y los cuidan y los aman con toda la dedicación de
De la situación inversa, de hijos que se
ocupan de sus padres con Parkinson o Alzheimer o enfermedades graves, no voy a
hablar en esta ocasión. Entiendo que si eres hijo y tienes que hacerte cargo de
quienes te educaron y te trajeron al mundo con el gran dolor de ver que se
apagan, se desconectan o se pierden, mucho más agudo debe ser el dolor de un
padre que ve que su vida -en buena lógica- puede acabar antes que la de ese
hijo que va a dejar a merced del futuro o, aún peor, a merced de lo que decida
sobre él una administración cicatera, insensible y sólo pendiente del
rendimiento y la
competitividad. Horror vacui.
Conocer y tratar a estos “niños” de toda edad es sentirte privilegiado en muchos aspectos, en realidad mucho menos feliz que ellos, y con seguridad mucho más mierdecilla y menos héroe que esos padres que los sacan adelante a diario. Me gusta verlos y que no los escondan. Me causan mucha más ternura, simpatía y solidaridad que la pura caridad que se le supone a quien deja algo en el cepillo o quien antes daba para el domund. Oir al ministro de Justicia que apencaría con una responsabilidad como cuidar de uno de estos niños me hace hervir la sangre porque intuyo que él se crió con nannies y que, para hacer su brillante carrera política de alcalde, presidente de comunidad y ministro, intuyo que también ha tirado de nannies, canguros, internados o mucamas para que se hagan cargo de los suyos alguna vez. No es una cuestión de tener el dinero o los posibles, sino la dedicación, la capacidad de renuncia, el amor y las gónadas bien puestas de estos padres a los que ahora el futuro inmediato les augura que sus hijos pueden verse algo más desamparados que lo que estaban hace unos años.
De parte de estos niños, por si no te llegara su mensaje –ellos son demasiado encantadores, felices o inocentes- ya te lo digo yo: que te vayas a la mierda, ministro.
Conocer y tratar a estos “niños” de toda edad es sentirte privilegiado en muchos aspectos, en realidad mucho menos feliz que ellos, y con seguridad mucho más mierdecilla y menos héroe que esos padres que los sacan adelante a diario. Me gusta verlos y que no los escondan. Me causan mucha más ternura, simpatía y solidaridad que la pura caridad que se le supone a quien deja algo en el cepillo o quien antes daba para el domund. Oir al ministro de Justicia que apencaría con una responsabilidad como cuidar de uno de estos niños me hace hervir la sangre porque intuyo que él se crió con nannies y que, para hacer su brillante carrera política de alcalde, presidente de comunidad y ministro, intuyo que también ha tirado de nannies, canguros, internados o mucamas para que se hagan cargo de los suyos alguna vez. No es una cuestión de tener el dinero o los posibles, sino la dedicación, la capacidad de renuncia, el amor y las gónadas bien puestas de estos padres a los que ahora el futuro inmediato les augura que sus hijos pueden verse algo más desamparados que lo que estaban hace unos años.
De parte de estos niños, por si no te llegara su mensaje –ellos son demasiado encantadores, felices o inocentes- ya te lo digo yo: que te vayas a la mierda, ministro.


