jueves, 30 de enero de 2014

De parte de C., de M., de E., de G. y de L., a quien corresponda.

Esta mañana me he levantado con ganas de escribir una carta a alguien del gobierno de parte de C., un poco mayor que yo, de 53 años, que tragó meconio al nacer y con el que he jugado de pequeño, aunque él jamás ha hablado ni caminado. Aún va en silla de ruedas, sus padres –de la edad de los míos- ya no pueden levantarle cuando tiene que dormir y tiene seguramente una de las sonrisas más hermosas que conozco; de M, de más de 40, que tiene espina bífida y acabó hace años su carrera de derecho: ésta no necesita que yo escriba por ella porque es de las que conduce su silla de ruedas motorizada personalmente. Aunque se mea encima y lleva pañales es muy de su pareja, no sé si finalmente cumplió su deseo de ser madre; también está E. , que ronda los 40, sindrome de Down, trabajadora y vitalista aunque cada vez con menos vista, a la que sus padres le han procurado una vida como a cualquier hija: permanentes, gafas preciosas, trabajo, la independencia que le permite su responsabilidad o la píldora inyectada para que pueda quedar con su novio sin grandes sustos;  o G., de 16, guapo como un modelo de revista masculina pero con un grave déficit de atención que le impide acceder a un recorrido escolar como el de mi hija, un chavalote encantador que le comentaba hace poco cuando iban  al cine sin demasiados complejos: “Bueno, la verdad es que uno se acostumbra a ir a un colegio de locos”; y luego está el pequeñajo de L., de menos de 10, un pedazo de “pieza” que no habla ni camina bien, recibe educación especial, a veces se mete en su mundo y no oye a nadie, pero maneja un móvil con unos dedos y una habilidad que ya quisiera yo.

Les conozco a ellos. Personalmente. Y conozco a sus cojonudos padres que, ricos o pobres, de izquierdas o de derechas, religiosos o ateos, nunca se plantearon la opción de abortar en ningún caso y los cuidan y los aman con toda la dedicación de la vida. Aunque entiendo que, si se la hubieran planteado, habrían estado en todo su derecho. Lo que sé es que ninguno de estos padres podría haber sacado el tiempo para ser ministro. Y yo hoy me cago en el gobierno que piensa que la ley de dependencia es hoy un lujo para sociedades opulentas cuando se pierde el dinero en los chanchullos que se pierde. O me cago en esos ministros que insinúan que abortar es un capricho de mujeres mal educadas.


De la situación inversa, de hijos que se ocupan de sus padres con Parkinson o Alzheimer o enfermedades graves, no voy a hablar en esta ocasión. Entiendo que si eres hijo y tienes que hacerte cargo de quienes te educaron y te trajeron al mundo con el gran dolor de ver que se apagan, se desconectan o se pierden, mucho más agudo debe ser el dolor de un padre que ve que su vida -en buena lógica- puede acabar antes que la de ese hijo que va a dejar a merced del futuro o, aún peor, a merced de lo que decida sobre él una administración cicatera, insensible y sólo pendiente del rendimiento y la competitividad. Horror vacui.

Conocer y tratar a estos “niños” de toda edad es sentirte privilegiado en muchos aspectos, en realidad mucho menos feliz que ellos, y con seguridad mucho más mierdecilla y menos héroe que esos padres que los sacan adelante a diario. Me gusta verlos y que no los escondan. Me causan mucha más ternura, simpatía y solidaridad que la pura caridad que se le supone a quien deja algo en el cepillo o quien antes daba para el domund. Oir al ministro de Justicia que apencaría con una responsabilidad como cuidar de uno de estos niños me hace hervir la sangre porque intuyo que él se crió con nannies y que, para hacer su brillante carrera política de alcalde, presidente de comunidad y ministro, intuyo que también ha tirado de nannies, canguros, internados o mucamas para que se hagan cargo de los suyos alguna vez. No es una cuestión de tener el dinero o los posibles, sino la dedicación, la capacidad de renuncia, el amor y las gónadas bien puestas de estos padres a los que ahora el futuro inmediato les augura que sus hijos pueden verse algo más desamparados que lo que estaban hace unos años.

De parte de estos niños, por si no te llegara su mensaje –ellos son demasiado encantadores, felices o inocentes- ya te lo digo yo: que te vayas a la mierda, ministro.

martes, 21 de enero de 2014

El conocimiento es inútil.

El conocimiento es inútil. Sea usted manso (*) que, no en vano, serlo tiene bienaventuranza divina. Limítese a creer. Sólo es cuestión de fe. De dogma, de titular de informativo comprado, de aseveración sin preguntas en pantalla de plasma, de cifra brotada sin contraste ni origen, de negación hasta la saciedad de la evidencia.

No intente razonar. Ni manifestarse para protestar. No cuestione. Lo único que interesa aprender es matemática y tecnología, pero la justa de su nivel básico. Esa otra matemática que manejan los gurús macroeconómicos escapa a sus entendederas. Así que no intente filosofar, que para cuestiones elevadas del pensamiento ya tenemos muy bien gestionada y sistematizada la religión, que viene con las instrucciones de uso masticadas sin opción a que usted interprete. Hablando de interpretar: nada de música, ni de composición, ni de lenguas clásicas ni de historia que no sea la que escribe el gobierno, ni de saber de dónde vienen los niños, cómo se planifica una familia o cómo son por dentro los animalitos que, aunque son seres vivos de dios, no tienen nada que ver con nosotros, que para eso somos los elegidos.

No hace falta leer, ni discutir, ni otra cosa que no sea votar –a ellos, naturalmente- cada cuatro años y creer las noticias que nos cuentan esos medios a los que ellos subvencionan  con el dinero de nuestros impuestos, precisamente para que nos mantengan bien informados. Cuando la terca realidad se empeña en hacernos ver que vivimos peor y que no es por culpa nuestra, en realidad -¡convénzase!- es culpa nuestra.

Preguntar es subversivo. Protestar también. Aprender es casi un crimen si desarrolla ideas que no contribuyan a la grandeza, al progreso y a la riqueza por la que nos hacen tragar, aunque sean cucharadas amargas. Ellos saben. Y saben más.  Lo que hemos de escuchar, lo que hemos de pagar, lo que hemos de saber, lo que hemos de elegir.

Hoy mandan que usted sea feliz y que sea consciente de que se recupera económicamente, aunque en todo su entorno la gente viva peor. Hoy le dicen que recordarle a quien eligió que no está haciendo lo que prometió es casi un delito de traición. Hoy le dicen que aunque ellos vivan mucho mejor, el esfuerzo ha sido de ellos. Y que no ha habido rescate. Y que sus hijos tienen el camino más abierto al futuro. Y que aunque les hayan pillado con la mano en la saca, ha prescrito o las pruebas no se han presentado en forma, y que incluso si se demostrara al final que la tenían dentro –como ha ocurrido desde el principio de los tiempos-, era indudablemente por un bien superior, que seguramente usted nunca alcanzará a entender.

A menos que un día pase usted a ser parte de ellos.

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(*) manso, sa.
(Del lat. vulg. mansus, por lat. mansuētus).
1. adj. De condición benigna y suave.
2. adj. Dicho de un animal: Que no es bravo.
3. adj. Dicho de una cosa insensible: Apacible, sosegada, tranquila. Aire manso. Corriente mansa.

4. m. En el ganado lanar, cabrío o vacuno, carnero, macho o buey que sirve de guía a los demás.

miércoles, 15 de enero de 2014

Solidaridad y espejismo

Cuando cayeron los regímenes comunistas, yo estaba  a punto de cumplir 30 años. Ahora casi tengo 50.

En estos 20 años desde la desaparición de la otra alternativa político económica del siglo XX he asistido, como cualquiera que haya vivido los últimos 20 años, a la formación de una Unión Europea cicatera, monetarista y autista; a la condonación de la deuda de una América Latina que no podía salir de la asfixia a la que le habían condenado los mercados; a la consolidación de una doctrina neoconservadora liberal heredera del reaganismo y el thatcherismo que ha desregulado y permitido por completo la especulación con la economía productiva; a la creación de presuntos nuevos enemigos del sistema como el islamismo, la inmigración, los sistemas públicos o los movimientos sociales; a una ficticia primavera árabe en que se quitó a quien estaba para volver a dejarlo todo como estaba; a varias guerras dolorosas, infructuosas y costosísimas como las de Iraq y Afganistán; a la emergencia económica de una China y Sudeste Asiático que terminará por comerse –por competitividad-  el mercado mundial;a la condena a muerte silenciosa de África, la cuna de todos; al fin de la clase media y el estado del bienestar como lo conocíamos y a un envejecimiento no sólo demográfico sino de ideales de la población joven formada, que asiste resignada al nuevo mapa del mundo que dicta no sé si el Fondo Monetario Internacional, las grandes corporaciones multinacionales,  Halliburton,  la bolsa de Londres, las ventajosas condiciones que ofrecen los paraísos fiscales, el club Bilderberg o ese famoso 2% que se resiste a descabalgar del podio en el que lleva alojado desde el comienzo de la historia.

Creo que durante un periodo cercano en el tiempo, ese poder incluso ha estado tentado de provocar una gran guerra abierta con alguien –cualquier supuesto enemigo- para justificar un gasto, una pérdida y una reconstrucción posterior, y, aunque creo que aún se lo piensan, parece que han encontrado una alternativa más beneficiosa para sus intereses. Confieso que, con la caida de los comunismos, llegué a albergar por momentos  la esperanza de que los conceptos de bienestar, solidaridad, progreso, educación y democracia se actualizarían y se mejorarían, pero veo que no. Con la complicidad de los gobiernos de una Europa en declive, unas empresas que son incapaces de competir en buena ley, la negación a auxiliar a un tercer mundo -que sigue agonizando y debatiéndose en sangrías y éxodos internos- suministrándoles educación, riqueza y estabilidad, y con la pasiva resignación de una clase media asustada y agarrada al “que me quede como estoy” por la pérdida del estatus que les otorga su hipoteca, los plazos del 4X4, la subvención a su colegio concertado, su sociedad médica o su plan privado de pensiones y la posibilidad de votar cada cuatro años entre dos partidos que ofrecen la misma opción  -listas cerradas, partitocracia, compra de voluntades, disciplina de partido, dinero público repartido entre ellos y sus empresas amigas, sillones en consejos de administración, corruptelas y mamandurrias, vergonzosos beneficios exclusivos para su casta, opacidad e indemnidad y prescripción de sus manejos ante la justicia,  manejo de los medios de comunicación, criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales o alabanza de las sicavs-, la cosa ha ido sin duda a un pozo sin fondo. La crisis actual, aunque no lo vieran los agentes económicos, era perfectamente previsible con los derroteros que ha tomado el mundo en las dos últimas décadas.

Durante un tiempo, creí que como sociedad desarrollada, opulenta o con menos problemas que el resto del mundo, tendríamos algo que ofrecer y exportar: que nuestros jóvenes universitarios impartirían clases fuera, que seríamos pioneros en energías renovables y menos agresivas con los recursos perecederos o con la tierra, que acabaríamos con las hambrunas y pandemias mediante fondos de ayuda que -llegarían a su destino y no se quedarían en manos de rapiñeros intermediarios- finalmente revertirían positivamente en la economía global, que nos dedicaríamos a la I+D+I y a las nuevas tecnologías o al sector servicios en vez de empeñarnos en  recoger fresas o patatas, ensamblar coches, fabricar barcos o picar carbón, ya que hay países que  pueden hacerlo más barato mientras nosotros tenemos –sin duda- otras cosas valiosas que ofrecerles a cambio. En eso creí que consistía la globalización. Pero no: los últimos veinte años la codicia y la delincuencia economicista disfrazada de mercado ha dado la cara. Y nos damos cuenta muy tarde.


Incluso creí durante un tiempo que exportaríamos al resto del mundo un modelo político representativo de la gente, de sus ilusiones, de sus necesidades, de sus intereses. Pero no: ahora me doy cuenta que incluso eso –hasta para nosotros- era un espejismo. Parece que hay quien sabía desde el principio que el manejo del mundo es sólo un inmenso juego de consola y, evidentemente, tiene los mandos del joystick. Mientras, como decía el pastor luterano Niemöller antes de la última contienda global, ahora que nos toca a nosotros, quizá ya es demasiado tarde.