miércoles, 12 de febrero de 2014

Dos grados de separación –esos amigos de mis amigos-

No.
No soy un lumbreras. Ni me creo en posesión de verdad absoluta, pero opino.

Opino mucho, porque escribo mucho. Y hablo. A veces –quien ya conozca escritos míos anteriores- sabrá que soy en ocasiones políticamente incorrecto, de expresión a veces zafia o grosera y de humor negro, cáustico y –si, me imagino- de sal gorda y cierta malaleche. Seguramente muchos medios no admitirían mis textos como columnas tal cual salen de mi cabeza.

Pero hay una frontera en la opinión, y más cuando se divulga. La teoría de Frighyes Karinthy de los seis grados de separación, o la del “mundo pequeño” de Milgram inciden en que todos los habitantes del mundo estamos interconectados con cualquier otro habitante del planeta a través de una cadena de conocidos de no más de seis eslabones. Con las redes y la sociedad de la información accedemos  cada vez más a las ideas y formas de pensar de numerosos “amigos de amigos”, un cercano segundo grado de separación que me ha hecho cuestionarme en más de una ocasión la veracidad de aquel viejo tema de Objetivo Birmania: “los amigos de mis amigos, ¿podrían ser mis amigos?”.

Naturalmente que estoy por la libertad de expresión, pero me asusta ver  aseveraciones, opiniones y pensamientos de gente que se encuentra tan sólo a esa distancia formal de mí que no sólo son divergentes, sino que me parecen peligrosamente nocivas. No es que voten también –ya he dicho que en términos de democracia, soy escrupuloso y creo que no hay forma mejor de saber qué es lo que piensan las mayorías y las minorías, con el respeto que le asiste a sus opiniones- sino que, a veces, me duele notarme tan cerca de gente que opina como opina.

No voy a entrar en la frontera ni en lo que leo u oigo por ahí porque me da la impresión de que cualquier lector sabe de qué hablo. Opiniones sobre mujeres, sobre estudiantes, sobre otras opciones y pensamientos políticos, sobre emigrantes, sobre creencias, sobre educación, sobre menores, sobre banderas y naciones, sobre la historia, sobre el recuerdo, sobre el trabajo, sobre los muertos de cada cual. Hay manifestaciones que no sólo son hirientes o mentiras, sino que entran en ocasiones en apologías de la discriminación, el delito o la difamación. De forma no sólo gratuita e indocumentada, sino consciente. Trato de huir en la vida real de quienes se expresan en esos términos, pero veo con horror que dichas manifestaciones se cuelan no sólo en mi muro de Facebook o en charlas de bar, sino en tertulias televisadas, titulares de prensa, discursos de tribuna del congreso, homilías, letra pequeña de contrato de banco o suministradora, estadísticas oficiales o pancartas de cabecera de manifestación.


En cualquier caso, no se trata ya sólo de intolerancia, sino de acoso -no, y no hablo de escraches, no- e intento de derribo no únicamente atacando intimidad, honor y fama, sino señalando al divergente como objetivo o culpabilizándolo de pecado, delito, marginalidad o directamente de maldad intrínseca por el hecho de ser o pensar como lo hace.

A lo que iba hoy: cuando veo que tiene este tipo de actitud rufianesca quien se encuentra a dos grados de separación escasos de mí, no sólo me pregunto si podría llegar a hablar alguna vez en buena ley con “el amigo de mi amigo” sino que me planteo si los pocos amigos –incluso esa sociedad de amigos ligeramente ampliada y voluntariamente deformada que me permiten las redes sociales- que permiten de otros esas expresiones y exabruptos maledicentes merecen ser mis amigos. Tolerarlo sin decir que te molesta esa cercanía quizá puede llegar a ser una cesión insoportable.

A lo mejor – a lo peor- es que sigo teniendo en elevada consideración la palabra “amigo”.

martes, 4 de febrero de 2014

La música de fondo

Me he ganado la vida de  muy diferentes maneras: maquetando revistas, impartiendo clases de inglés o en organismos públicos, de redactor,  haciendo encuestas, de locutor, dando recitales, vendiendo cosas, cuidando niños, haciendo cerámica, informando del tráfico, midiendo dureza de materiales, recogiendo huevos, fregando platos, montando happenings, haciendo castings, puliendo madera en una ebanistería, cantando, entrevistando, haciendo radio, tele…, pero una de las formas más extrañas y divertidas que he tenido de llevarme el sueldo a casa ha sido poniendo música a las cosas.

Yo no soy compositor: soy bastante malo para eso. Pero sé bien de los efectos de la música sobre la gente. Las grandes superficies comerciales conocen bien los efectos del cambio repentino de ritmo musical del muzak tranquilizador al tunkatunka para estimular las ventas; cuando éramos adolescentes ya sabíamos que para ligar era conveniente reducir el número de bpm en la música de los guateques para meter mano e, incluso, muchos somos conscientes de que el poder de una balada , una música clásica o étnica  puede estimular los sentidos para inducir desde la líbido hasta el llanto o la violencia. Los clubes de fútbol y las naciones conocen bien el poder de los himnos. No hace falta que el estímulo musical sea directo: basta con que sea subliminal.



En los últimos años, noto que se ha ido variando paulatinamente el estilo de la música general de fondo para hacernos sentir culpables o tener miedo. Variar, primero levemente y luego de forma más ostensible o grosera los ritmos con que nos arrullan en los trabajos, en la política o en la estrategia sociocultural nos está llevando a vivir con algo más de zozobra.  Haber trabajado de ambientador musical –es un oficio remunerado, con categoría laboral, legal- me hace detectar con facilidad los ritmos con los que me quieren hacer bailar, esa música de fondo que, a veces, se cuela imperceptiblemente sin que lo notemos, hasta el fondo del tuétano con capacidad desde de ponerte los pelos de punta a emocionarte hasta la solidaridad, la compasión, el enfado o la prisa.

En estos tiempos en que tanto se especula con lo que contienen los sacos amnióticos confieso que, como melómano, durante el embarazo de mi hija, la barriga escuchó muchísima música clásica y que estimábamos de cierta calidad para inducir –supongo que, casi de forma idólatramente simplona- que la futura niña naciera ya con cierta sensibilidad ambiental.  No sé si, al final, por genética o cultura, mi hija entona bien y no sólo adora la música de todo tipo sino que se eriza con facilidad ante ciertos impulsos sonoros. Y quizá es una tontería, pero me parece que, deliberadamente, desde que comenzó este tiempo oscuro, nos están cambiando a todos la música de fondo. Supongo que para conformarnos.

Por lo menos, yo sí lo noto. La verdad es que este dj no me gusta nada.