lunes, 16 de noviembre de 2015

Orgullo

Muchas veces me he referido a la equivocación habitual que muchos tienen, en mi opinión, con respecto al uso de las palabras “maestro” o “amar”, que se utilizan con más frecuencia de lo habitual. Es el caso, también, de la palabra “orgullo”.
A veces, cuando uno, o una, usa la palabra orgullo para la circunstancia, o condición, de ser mujer, español, homosexual, hijo de sus padres o nacido en el siglo XX, me parece que no se da cuenta de que para esa opción no tuvo elección y que es sobrevenida a su propia esencia. Otra cosa es sentir orgullo de cómo te educaron tus padres, o como vives sin complejos ni menoscabos tu condición de mujer, de homosexual o de vivir en la era contemporánea. En el caso de Europa, mi orgullo europeo no se debe a la circunstancia de haber nacido en el continente, y mucho menos a los políticos que nos representan –que , en mi opinión, están a otras cosas que a hacernos llegar al estado de opinión, libertades o nivel de vida al que hemos llegado- sino a la historia y al camino que nos ha traido hasta aquí. Personalmente, mi orgullo no es nacionalista ni religioso ni de mis representantes.
El concepto de indignación que llevó hace algunos meses a la calle –nos llevó, confieso- a la gente para exigir mantener el status quo que, por ejemplo, llevó a Francia en 1789 a una democracia representativa, laica y garante de las libertades, a tener una educación pública general, libre de fanatismos y adoctrinamientos y abierta a todos o a una vivencia participativa de la ciudadanía se ha ido apaciguando y ahora asistimos como meros espectadores a la repartición del mundo al antojo de unos grupos de presión que muchas veces entendemos, consternados, abatidos y sumisos, que nos sobrepasa. Lejos de enorgullecerme de ser europeo por ello, a veces me da la impresión de que nos hemos quedado dormidos sobre un colchón de laureles o en una autocomplacencia que no mira atrás.
Yo no me siento orgulloso de mis padres por ser su hijo, sino por los esfuerzos que como padres han hecho -emigrando, trabajando, quitándose de cosas para dármelas a mí y a mis hermanos- para hacerme llegar a pensar como pienso, estar donde estoy y ser como soy.
Nacer en Europa es una circunstancia. Ponerse la bandera francesa en la cara no es más que una pose. Para estar orgulloso de ser europeo, hay que contemplar la historia. Europa ha invadido, esquilmado y colonizado sin mirar a los demás en muchas ocasiones –y eso, en realidad, no es motivo de orgullo- pero, por el contrario, ha logrado a través de sus habitantes, sus pueblos, sus evoluciones y revoluciones y sus sufrimientos, un nivel de participación y democracia que, sin ser el régimen ideal, nos permite entre otras cosas opinar sin mordazas, sin velos, sin gurús y sin represión. Una mujer no debe estar orgullosa de ser mujer, pero debe sentir orgullo de las antepasadas sufragistas, igualitarias o que quemaron los sujetadores y corsés para estar donde están hoy, y no de las tronistas de los programas de televisión. Un homosexual no debe estar orgulloso de serlo, lo es, pero debe sentir orgullo de quienes lucharon desde Stonewall a los que consiguieron la igualdad en el derecho del respeto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Un europeo no puede ni debe sentirse orgulloso de serlo. Nacimos aquí y eso, seguramente, es pura cuestión aleatoria, de circunstancia o de suerte, pero sí que debemos defender, no sólo en las redes, sino con nuestro voto y nuestra participación activa, haciéndonos visibles en la calle, de que hemos llegado a donde estamos a costa de historia, revolución, sufrimiento y defensa de unas libertades a las que no queremos renunciar, ya sean terroristas, lobbies o grupos de presión los que pretendan restringírnoslas.
Aún nos queda mucho camino. No nos durmamos ni nos sintamos orgullosos sin defender lo que nos gusta ser.

martes, 5 de mayo de 2015

Man in the moon

Ha muerto Jesús Hermida.
Aunque pueda parecer que soy anárquico, verso suelto o poco afín a la jerarquía, no es del todo cierto. Nos ocurre a quienes somos un poco soberbios que no toleramos ser mandados por gente a la que consideramos caradura, inepta o mala gente. En 1989, justo cuando se cumplían los 20 años de la llegada del hombre a la luna, trabajábamos en Torrespaña un equipo de unas 60 personas entre departamento de producción, documentalistas, redactores, cámaras, secretarias, técnicos, forillos, encargados de público y gente de imagen en emitir el primer programa en directo que se hizo para la televisión matinal española.

Comandados por Jesús Hermida, aquel pequeño ejército que teníamos  que sacar adelante cada dia de entre semana un programa en directo de cuatro horas con entrevistas, actuaciones, pequeñas obras de teatro, pases de moda, informativos, culebrones y lo que llamábamos “happenings”,echábamos horas y sudor  para que el programa saliera del tirón, sin fallos, haciendo que resultara tan natural asomarse a la ventana de la tele por la mañana y ver con la misma naturalidad y frescura a Quilapayún que una entrevista con Cela que una historia de la capa que un capítulo de Melrose Place o cualquiera que fuera el culebrón matinal que incluíamos en el programa.

A lo que iba: a medida que se aproximaba el 20 de julio, Hermida quería que los de producción y redacción localizáramos en Prado la peli de la llegada de Armstrong a la luna con el audio de su voz retransmitiéndolo desde Nueva York para TVE en 1969. Creo que ahora puedo decir ya que la documentación entonces no estaba tan estructurada como ahora: la retransmisión tenía que estar en formato cine, no video, y había habido una inundación reciente en los sótanos de Prado del Rey, por lo que una parte de los fondos se había movido y no era fácil localizarla. Cuando las cosas no salían como quería el jefe -Jesús era un perfeccionista total  y no sólo era un absoluto conocedor del medio, sino que tenía la extraña capacidad de prever cómo iba a ser el producto televisivo antes de emitirlo, porque exigía una preparación exhaustiva- se cogía esos cabreos del quince de los que hablan los que, sin haber trabajado con él, dicen que era un sátrapa.

Jesús se enfadaba a menudo, sí, si las cosas no salían perfectas. La cinta,finalmente, a costa de remover Roma con Santiago, de carreras, disgustos e incluso lágrimas, llegó a tiempo para ser emitida en el aniversario exacto. Pero yo nunca he tenido queja de jefes como Jesús, y eso que era duro. He sido delegado sindical y en ese ejercicio he conocido algunos jefes jetas,indolentes, acostumbrados a delegar en otros su trabajo o poco empáticos con los que he tenido fuertes broncas que,en ocasiones, me han llegado a costar hasta el puesto de trabajo. He dirigido también equipos y, de este hombre que se marchó ayer –con sus tics, sus golpes de flequillo, sus impostaciones, su extraña manera de reir, su ausencia de miedo al “más dificil todavía”- aprendí mucho: como trabajador y, más tarde, como jefe de equipos. Hace poco hablaba en redes con un ex director de la radio -a quien he recuperado como amigo  20 años después- que reconoces a un buen jefe precisamente en eso: cuando años después, en un momento en que ya no hay relación jerárquica, le sigues apreciando y te apetece quedar a tomar algo con él.

Con Hermida ya no será posible. Vaya mi homenaje a una persona que me enseñó a ser humilde como currante, prolijo en el trabajo, que valoró lo que hacía –aunque no nos alabara en público, y eso a veces se echaba de menos-, que fue una fuente de profesionalidad periodística de la que aprendí mucho y con la que, muchos años después sí me habría tomado algo.

Tenga muy buen viaje, jefe.

lunes, 6 de abril de 2015

Asaf y la virtualidad

Fue llegar a la edad de cincuenta años y al ecuador de la legislatura del infausto Rajoy  y me desinflé por completo con el blog. Después de más de 360 artículos subidos, observé que seguir escribiendo de la actualidad no es que no me llenara interiormente de paz o de coherencia  sino que –sí- me llenaba de una mala leche que ya no era buena. Es cierto que a través del blog recuperé amigos, hice algunos nuevos, me dí a la sana costumbre de volver a juntar letras y, primero escribiendo de lo humano y lo divino y, al cabo de un tiempo, sobre cosas de actualidad –había empezado a colaborar en una página periodística-  me dí pie para elaborar cada año dos compendios de haikus y sonetos en los que pude dar rienda suelta a mi más pura creatividad inútil. O al arte.

De hecho, a final del año pasado publiqué ese libro de sonetos. Y a costa de ello empecé a conocer personalmente a algunos de los mejores amigos virtuales que había hecho, en parte con el pretexto de la escritura o de las columnas o del blog. Eso me hizo empezar a pensar en el tema de lo virtual. De un tiempo a esta parte, escribir se me había convertido en una manera de comunicar –al estilo de los antiguos penpals, pero con una extraña esperanza en la contestación inmediata de alguien no siempre conocido de forma real-  en una suerte de feedback no sé si periodístico, pero en el que siempre traté de huir del concepto narcisista de creerme que de una especie de club de fans. Escribía más bien para obtener respuesta de gente virtual que, en ocasiones, habían sido compañeros de colegio, de trabajo, amigos de los scouts, familia, gente que se dedicaba a la escritura o más en particular a la poesía, periodistas… Y, de hecho, así conocí a Clara, a Camino, a Javier, a Joaquín, a Pedro, a Ana Rosa, a mucha de la gente que escribe para el juego de las palabras prestadas e incluso me hice con una contestación más o menos regular de personas conocidas públicamente por la que sentía cierto apego, admiración o complicidad.



Durante este extraño año a mitad de una legislatura en la que se han gastado muchas palabras y se ha hecho muy poco y en la que, en lo personal alcancé unos cincuenta años con los que, más que deprimirme, me identificaba poco, resultó que justo poco después de presentar los sonetos y encarnar en el mundo real a través de encuentros a algunos de mis amigos virtuales, un día abrí  -tecleo mucho pero chateo poco- el chat de facebook porque alguien me había dejado un mensaje. Era de Asaf, mi mejor amigo de la infancia. Una especie de magdalena proustiana cuyo olor invadió toda mi red social y a los trescientos y pico amigos que cultivaba en ella. Asaf se marchó a Tel Aviv cuando teníamos once años, me carteé con el hasta los diecisiete o dieciocho y nunca volví a saber de él. Le había buscado en redes pero no fue hasta que él decidió entrar en la red a través del perfil de su hijo buscando también qué sé yo del pasado que volvimos a encontrarnos. Y ahí me dí cuenta de que esto de la virtualidad está muy bien pero lo que me apetecía era verle de verdad, al menos una vez. Otra vez.

Y estuvo aquí a final del año pasado. Una noche. Una noche en la que coincidimos algunos amigos del colegio –unos residentes en Madrid, otros no- de los que nos damos la coña con asiduidad por facebook, otros que no tienen red pero localizables por métodos clásicos, como el teléfono, y el propio Asaf, que hacía escala en Madrid  desde Toronto –donde vive ahora- para ir a visitar a su familia en Israel. Fue extraño y mágico. Y así me puse en la puerta de los cincuenta y uno que acabo de cumplir. Y necesitando un desbloqueo.

Sé que literariamente, en calidad, esta no es la mejor manera de volver al blog. Y menos a una columna de tipo periodístico por la que, evidentemente, a estas alturasno pretendo cobrar. Ni muy actual ni muy elaborada ni muy aguda ni, seguramente, de gran interés general. Pero aquí estamos de nuevo: real, con cincuenta y un años, deseando volver a transmitir cosas, con más sonetos en ciernes y con amigos y experiencias virtuales que sé que en el fondo, en todos los casos, alberga lo importante un poso real.

Ah. Y por cierto: Asaf se acaba de hacer un perfil facebook.