Está reunido. Te querré para siempre. Qué ricos están sus niños. Estamos al corriente de pagos. No me consta. Salgo en cinco minutos. Estás igual, pero igual que hace veinte años. Me duele más a mí que a ti. Toda nuestra contabilidad esta auditada de forma transparente. No me acuerdo. Con tu edad yo no hacía eso. No está. Parece un tumor benigno. Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar…
El ser humano es el único animal que basa la mayor parte de su experiencia vital en la transmisión y recepción de mensajes falsos que, mediante el lenguaje oral o escrito, trata de hacer pasar por ciertos negando la evidencia. El descubrimiento y utilización del lenguaje es, seguramente, uno de los rasgos diferenciales de nuestra especie que nos ayuda a abstraer, a hacer poesía, a contratar, a insultar, a diagnosticar, a desarrollar fórmulas matemáticas, a rezar, a educar y a enseñar, a prometer e incluso a amar mediante palabras.
Desde pequeños aprendemos a recorrer un campo minado de palabras poéticas, literarias, religiosas, históricas, contractuales, políticas, retóricas, de relación social, de convivencia, de educación, protocolo, de negocio que son pura mentira. Humo de pajas. Muchas veces las palabras envenenadas propias o ajenas son las que nos ayudan a reforzar nuestras pobres convicciones, por más que la realidad se empeñe en negarlas. El descubrimiento de quiénes son los reyes magos no es más que la primera piedra del asfaltado de desilusiones sobre los axiomas que damos por referencia cierta que, de repente, se caen, dejando al descubierto los verdaderos palos del sombrajo que, muchas veces, no nos da ni la sombra que creíamos que nos protegía.
Las palabra de amor, sencillas y tiernas, no vienen a ser más que una declaración buenista de intenciones –generalmente hacia la persona que más queremos, deseamos o necesitamos- que se desvanecen con el tiempo o que, al menos, resultan ser en la realidad bien diferentes a las aspiraciones que poníamos en el sentimiento inicial. La historia siempre la escriben quienes ganan, por lo que siempre es un sesgo de la realidad de la que se debería aprender más de lo que se oculta que de lo que se cuenta. Cada idioma tiene sus inflexiones, sus refranes, sus escondrijos, sus circunloquios para camuflar la realidad con palabras. Incluso la ciencia, tan cabal, pasa de la tierra plana al bosón de Higos sin solución de continuidad ni desmentidos. Ni siquiera el lenguaje matemático es otra cosa que el intento de hacer palpable una abstracción.
Las palabra de amor, sencillas y tiernas, no vienen a ser más que una declaración buenista de intenciones –generalmente hacia la persona que más queremos, deseamos o necesitamos- que se desvanecen con el tiempo o que, al menos, resultan ser en la realidad bien diferentes a las aspiraciones que poníamos en el sentimiento inicial. La historia siempre la escriben quienes ganan, por lo que siempre es un sesgo de la realidad de la que se debería aprender más de lo que se oculta que de lo que se cuenta. Cada idioma tiene sus inflexiones, sus refranes, sus escondrijos, sus circunloquios para camuflar la realidad con palabras. Incluso la ciencia, tan cabal, pasa de la tierra plana al bosón de Higos sin solución de continuidad ni desmentidos. Ni siquiera el lenguaje matemático es otra cosa que el intento de hacer palpable una abstracción.
Mentimos y nos mienten contínuamente. Incluso cuando tratamos de ser veraces. Por ello, el lenguaje es el paraíso de los mentirosos. Quienes viven –y más si ganan al cambio- de hablar suelen ganar posiciones prometiendo lo que no es: los testigos de Jehová, los bancos, los amantes… En primero de periodismo te advierten que sólo puedes hablar de lo que es objetivamente cierto y constatable antes de elaborar un titular. Y mira dónde estamos.
Recuerdo que Juan Pablo II decía que el español es el idioma de hablar con dios. Por sus tonalidades, sus infexiones, su poesía, su garra consonántica, me imagino. A dios –creo recordar- le han hablado también en arameo, en hindi, en navajo, en árabe estándar, en swahili, en franchute, en latín y… de momento, no tengo noticia real de que haya habido feedback. Y es que parece que hay idiomas en los que llega mejor el mensaje, incluso aunque sea para hacer transacciones de mentira permanente. Pasa lo mismo con la política –al final, toda la relación entre humanos va a ser política-, pero partiendo de la base de que la mentira es ese rasgo distintivo de nuestra especie, mentir –estoy convencido- tiene su arte, tiene su código, incluso tiene su ética.
Incluso he oido hablar de la mentira piadosa, esa técnica de mentir que presuntamente favorece a aquel a quien se miente, -aunque al final no se suelta si no favorece al que la cuenta- pero a mí no me gusta ser consciente de ella ni por esas.
Y sobre todo, en este momento –en este auge planetario y global de la sociedad de la comunicación- de mentiras burdas, me jode soberanamente quien miente sin sistema, sin poesía, sin profesión, sabiendo que va a ser pillado de forma inmediata y va a tratar de esquivar su torpeza mintiendo otra vez.
Y sobre todo, en este momento –en este auge planetario y global de la sociedad de la comunicación- de mentiras burdas, me jode soberanamente quien miente sin sistema, sin poesía, sin profesión, sabiendo que va a ser pillado de forma inmediata y va a tratar de esquivar su torpeza mintiendo otra vez.
Ahora lo tenemos lleno de esos.

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